Nada nos puede separar Cuaresma 5 A, 2026 - ACL+
Nada nos
puede separar
Cuaresma 5 A,
2026
All Santos, Oxnard
La Revda. Alene Campbell-Langdell (trad. MCL)
Las lecturas de hoy pueden
parecer más apropiadas para el Halloween que para la Cuaresma. Tenemos un valle
con huesos que hacen clic-clac mientras se unen de nuevo, con esqueletos que se
cubren de piel y, después de un mandamiento final de un profeta, hay un respiro
colectivo mientras todos se ponen de pie, vivos de nuevo. Y en el evangelio
tenemos lo que parece un momio que sale de la tumba, mientras que Jesús ignora
la advertencia de su familia de que él apesta.
¿Así que debemos pensar en
estas imágenes tan gráficas de la muerte? En parte yo sospecho que es para
mostrarnos plenamente que esto se trata de cuerpos y carne, no solo de nuestro
ser espiritual. Las palabras de San Pablo en Romanos 6 sobre ser “en el cuerpo
mortal” en contraste con ser “en el Espíritu” muchas veces se usan de esta
manera. Sin embargo, Pablo distingue cuidadosamente entre la carne y el cuerpo,
señalando en el versículo 11 que somos muertos al pecado, pero vivos en Cristo.
En su comentario sobre Romanos 8, Margaret Aymer nota,
“Pablo habla de la carne de
dos maneras. En la primera, se trata de un descriptor relativamente neutro del descenso
físico entre el ancestro y el descendiente. Así que, según la carne, Pablo
identifica a Jesús como el descendiente de David y el mesías como descendiente
de Israel (9:8) … el honor debido a una línea de sangre o a una herencia
familiar está respaldado por este pasaje. Porque no por la carne, sino por el
espíritu de Cristo, que la comunidad de fe recibe su vida y paz.”[1]
La otra razón para estas
imágenes gráficas es, tal vez, nuestra necesidad de la fe mientras nos
preparamos para la crucifixión de Cristo y para nuestra propia mortalidad. Después
de hacerlo claro a los discípulos que Lázaro está muerto, Jesús dice, “me alegro
de no haber estado allí, porque así es mejor para ustedes, para que crean.”
(Juan 11:15) Necesitamos sentir el dolor de la muerte, para poder abrazar las
palabras de Pablo al fin de este capitulo en Romanos: “Estoy convencido de que
nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los
ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo
futuro, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas
creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en
Cristo Jesús, nuestro Señor!” (Romanos 8:38-39)
En las últimas semanas, al
leer el Evangelio de Juan, parece que nos preguntamos esto con mayor
intensidad. ¿Qué nos puede separar del amor de Cristo? Escuchamos a la mujer
samaritana, quien preguntó a Jesús sobre el lugar correcto para alabar a Dios,
mientras que Jesús cruzó las barreras para hablar con alguien con quien no era
apropiado hablar para los judíos. Para parafrasear a Pablo, enfocarse en el
linaje es la muerte, pero el Espíritu trae la vida. Luego escuchamos a los
discípulos preguntándose sobre el pecado que se evidenció en un hombre nacido
ciego, mientras que Jesús cruzó las fronteras de la discapacidad física,
borrando la pena de la diferencia en el proceso. Enfocarnos en nuestras
habilidades físicas (o en la escasez de ellas) es la muerte, pero el Espíritu
trae nueva vida. Y, finalmente, esta semana nos confrontamos con la duda y la
muerte. ¡Seguramente, si algo nos puede separar del Dios de la Vida, es este
duelo fatal!
Tomás, Marta y María están
luchando por creer. Sus palabras son fatalistas y desesperadas, aun mientras
intentan creer. “Vamos también nosotros, para morir con él” (Juan 11:16). “Sí,
ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último.”
(Juan 11:24). “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.”
(Juan 11:32). Me recuerdo de las palabras de Ezequiel en respuesta a la
pregunta de Dios, «¿Crees tú que estos huesos pueden volver a tener vida?»
Señor, sólo tú lo sabes» (Ezequiel 37:3). No parece una fe plenamente valiente.
Sin embargo, es precisamente esto lo que hace tan conmovedoras estas historias
(y las que hemos estado estudiando a través de la Cuaresma). Tal vez por esto,
también algunos votaron por Tomás o por Pedro esta semana en Lent Madness. Nos recuerdan
que la obra de Dios en la creación y en la renovación de nuestras vidas no
depende de nuestra perfección. Enfocarse en cualquier tipo de privilegio o
ventaja que creemos tener es la muerte, pero el Espíritu trae la vida.
Ezequiel y su comunidad
estaban en el exilio. Su lamentación nos llega a través de las edades:
“Nuestros huesos están secos; no tenemos ninguna esperanza; estamos perdidos” (Ezequiel
37:11). Y en respuesta, Dios dice: “Yo pondré en ustedes mi aliento de vida y
ustedes revivirán” (Ezequiel 37:14). Y Pablo escribe: “El mismo que resucitó a
Cristo dará nueva vida a sus cuerpos mortales por medio del Espíritu de Dios
que vive en ustedes.” (Romanos 8:11) Y Jesús responde a Marta que él no es solo
la Resurrección en el futuro, sino la vida ahora: “Y todo el que todavía está
vivo y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Juan 11:26).
Sí, existe la muerte con todas
sus maneras olorosas, secas y espantosas, pero no puede vencerla. Dios sigue
creando, restaurando, respirando la vida en nosotros y en nuestras comunidades.
Es verdad que habrá momentos en que lloraremos en la tumba al lado de Jesús. El
dolor y el enojo son parte del amor. Sin embargo, mientras empezamos pronto la
caminata tras la Semana Santa el domingo que viene, sabemos la respuesta al
grito de Jesús en la Cruz.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?” siempre se contesta con “¡Nada podrá separarnos de mi amor!”
No hay duda ni muerte, ni discapacidad ni desesperación, ni persecución ni
mezquindad; no hay nada en toda la creación que nos pueda separar del amor de
Dios en Cristo Jesús. ¡Demos gracias a Dios!
Amen.
[1]
Margaret Aymer, “Commentary on Romans 8:6-11,” Published on WorkingPreacher.org
(April 10, 2011). Available online at https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/fifth-sunday-in-lent/commentary-on-romans-86-11
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