Ramos/Pasión 2026 (Año A)

 

M. Campbell-Langdell

All Santos, Oxnard

Mateo 21:1-11

¡Sigue cabalgando, Rey Jesús! En las lecturas de hoy, vemos a Jesús entrando en Jerusalén montado en un asno y un pollino —algo que suena un tanto acrobático—, con palmas esparcidas a su paso y hosannas elevándose hacia el cielo.

El pueblo estaba desesperado. Y he aquí que llegaba un salvador. Desesperados, tal como nosotros en este año de guerra, cuando los líderes parecen desmoronarse a nuestro alrededor; aun mientras miramos con esperanza, rezando por el fin de este momento, seguimos resistiendo —algunos de nosotros, por los pelos—. ¿Y qué es lo que nos recibe sino más violencia?

¿Y qué recibió a Jesús, sino más violencia? Los gritos de la multitud pasaron de ser alabanzas y peticiones de auxilio a un rotundo: «¡Crucifíquenlo!».

Porque es importante recordar que «Hosanna» no es solo una palabra de alabanza; también es una petición de ayuda. Como dice Steve Garnaas-Holmes (traducido):

«Hosanna» no significa «¡Hurra!».

Significa «¡Sálvanos!».

No es un grito de triunfo,

Es una súplica de desesperación.

Por supuesto, cuando se dirige a un líder capaz de protegernos,

Se convierte en una afirmación.

Nuestros hosannas significan victoria

Solo porque Jesús nos ha salvado

En nuestra desesperada debilidad.

No es este momento para pavonearse,

Sino para arrodillarse;

Para exponer nuestra tierna necesidad,

En una súplica honesta:

Que todavía necesitamos ser salvados;

Y con asombro y gratitud

Por la gracia que se nos concede continuamente.

Quizás «Hosanna» se parezca más a un:

«¡Guau! Gracias. Necesitábamos eso»,

pero llevado al extremo.[1]

Estas son palabras de una verdad innegable. La gente acudía a Jesús en medio de su angustia, como un pueblo sobrecargado de impuestos y sin representación en su imperio. Pero sabemos que la desesperación puede manifestarse de dos maneras. Y, movidos por el miedo, podemos tomar las libertades que se nos han otorgado y convertirlas en instrumentos de odio. Hemos visto esto reflejado ante nosotros de manera aterradora en los últimos tiempos, a medida que inmigrantes, personas gais y trans, musulmanes y otros grupos han sido vilipendiados. Esto es precisamente lo que hizo la gente al entregar a Jesús para que fuera ejecutado. La posibilidad de que él fuera el Mesías resultaba demasiado inquietante. Lo más probable es que pensaran que era un impostor con quien había que hacer un escarmiento.

Pero lo asombroso de todo esto es que Dios lo utilizó, a pesar de todo, para salvarnos. Incluso cuando nosotros mostramos nuestra peor faceta, Jesús mostró la suya en su máxima expresión. Él nos salvó. En su muerte, pero —lo que es aún más importante— en la forma en que nos trajo vida a todos: vida eterna.

En el huerto, el Evangelio de Mateo nos muestra a Jesús pasar de la Última Cena a su momento en Getsemaní. Y allí pronuncia esas palabras desgarradoras: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú». Y al entregarse a sí mismo y derramar su vida, llenó la copa de nuestra salvación.

Un himno en inglés, bien conocido en la otra misa, dice: “What language shall I borrow / To thank thee, dearest friend?”  «¿Qué lenguaje tomaré prestado / para agradecerte, amigo amado?». ¿Cómo podemos dar gracias a Jesús? Creo que podemos ponernos de rodillas y pedir ayuda. Ayuda para resolver los problemas relacionados con la violencia, incluso contra las mujeres, y la intolerancia en nuestro mundo; para tender la mano a los desamparados y brindarles auxilio, pero también para limitar el daño que otros puedan infligir a los más vulnerables. Debemos acudir a Jesús en busca de sabiduría. Porque Jesús conoce a fondo lo que son los abismos insalvables. Él regresó de la muerte a la vida. Por nosotros. Él nos ama y desea que vivamos y prosperemos. Seamos fieles al pedir ayuda a Jesús. Y, acto seguido, sigámoslo; aunque el terreno resulte intimidante o desconocido. Él es nuestro amigo de confianza. Él ha atravesado el infierno y ha regresado de él; y nos guiará hacia una época de vida plena y abundante —no solo en el más allá, sino también en este mundo—, siempre y cuando estemos dispuestos a seguirlo.



[1] As re-posted by Anne Dryden McKeever on Facebook on 3/23/21.

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