Propio 20 A + Que Clase de Dios Queremos? + ACL (& MCL) + 9.20.26
¿Qué Clase de Dios Queremos?
Éxodo 16, Filipenses 1, San Mateo 20
All Santos, Oxnard
Las Revdas Alene & Melissa
Campbell-Langdell
Hace un par de semanas, alrededor de 1000 episcopales y luteranos fueron al
partido de los Dodgers. Como se imaginan, mientras que el partido extendió a la
novena entrada y los Dodgers estaban perdiendo 2 a uno, había varios
comentarios sobre la necesidad de ora mas fuertemente. Seguramente Dios quería
que ganaran los Dodgers, ¿no? ¿Con los aplausos de todos estos cristianos? ¡Nadie
quería que ganaran los Cardinales, seguramente!
Por supuesto que estoy bromeando, pero revela lo raro de los que los
teólogos nombran las fes monoteístas, en que creemos en un Dios en vez de
varios dioses. Tras la mayoría del mundo y mucha de la historia, creer en Dios
significaba la fe un el dios de su tribu o de su familia. De hecho, los Romanos
nombraron “ateos” a los primeros cristianos porque no creían en una panoplia de
dioses, cada uno en control de una parte de la naturaleza o proveyendo ayuda a
los humanos que ofrecieron los mejores sacrificios. Creer en Dios significaba
creer en un Dios a quien le importaba su vecino o aun su enemigo tanto como a
usted.
Pastora Alene recuerda estar en una clase en seminario, estudiando el
libro de Apocalipsis cuando se levanto el tema del universalismo, o el concepto
de que todos estarán salvados por Dios. Discutieron las escrituras que
indicaron que Dios eventualmente aceptara a todos, y que sugieren que la muerte
de Jesus realmente fue para todo el mundo. Y hablaron sobre porque es que la
gente no presta la misma atención a esas escrituras e interpretaciones abiertas
que prestan a las escrituras que relegan a algunos a la destrucción basado en
diferentes criterios.
Ahora, no puedo poner fin a ese debate. ¡No tengo ese poder! Solo Dios
sabe que pasara al fin de los tiempos. Lo que quiero hacer es notar que hay incomodidad
cuando hablamos de un Dios que muestra compasión no solo a los que nos gustan,
pero a todos.
Las escrituras de hoy hablan a esta verdad. Por ejemplo, en la lectura
del libro de Éxodo, los israelitas están recibiendo maná, su pan diario en el
desierto. Y cada uno recibe esta mana. Dios sabe que nos gusta almacenar las
cosas así que prohíbe colectar mas de lo necesario por un día. Si tratan de
recoger mas de lo suficiente, pudrirá. Creo que esto tiene algo que decir a
nuestro momento. Y a nuestras economías. ¿Estamos guardando tanto que no
pensamos en si todos tienen el pan diario?
Todos queremos sentir especiales, elegidos, y saber que somos amados. No
hay nada mal en esto. Pero el problema es cuando decidimos que necesitamos un
poco más del maná (o aura como dicen los jóvenes) que los demás. Y aquí
pensamos en la parábola de Jesús a los discípulos. Justo antes de la lectura de
hoy, Pedro le pregunta a Jesús: “Nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y
te hemos seguido. ¿Qué vamos a recibir?” (Mateo 19:27). Seguramente, esta dedicación
nos merece algo especial, ¿no? Y Jesus parece estar de acuerdo. Dice: “Les
aseguro que cuando llegue el tiempo en que todo sea renovado, cuando el Hijo
del hombre se siente en su trono glorioso, ustedes que me han seguido se
sentarán también en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.”
(Mateo 19:28) Vaya! Que bueno. Y Jesus continua: “Y todos los que por causa mía
hayan dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o
terrenos, recibirán cien veces más, y también recibirán la vida eterna.” (Mateo
19:29). Luego, Jesus comparte una historia de la justicia de Dios.
Probablemente, la mayoría de nosotros aquí podamos identificarnos, hasta
cierto punto, con los primeros trabajadores de la viña. Se nos ha enseñado toda
la vida a esperar que a mayor trabajo corresponda mayor paga. Y aunque sabemos
que esto no siempre es así (en nuestra sociedad, las mujeres todavía no ganan
tanto como los hombres), seguimos sintiendo que una sociedad justa e
igualitaria pagaría a todos por igual por la misma cantidad y tipo de trabajo.
Eso es lo que hace que esta parábola nos resulte difícil de aceptar, porque
Jesús introduce una idea diferente de justicia. Es el tipo de justicia e
igualdad por el que oramos cada domingo cuando pedimos el pan de cada día. El
dueño de la viña trastoca la idea de igualdad y justicia: en lugar de preguntar
qué merece cada uno, da lo que cada uno necesita: el salario de una jornada, lo
suficiente para el pan de cada día.
Al reflexionar sobre este pasaje, yo (la pastora Melissa) me detuve a
pensar en cómo se vería desde la perspectiva de la justicia para las personas
con discapacidad. Observé que no todo el mundo tiene la capacidad física para
realizar trabajos manuales en la viña durante todo el día. Pero, ¿y si el dueño
de la viña pudiera contratarlos, aunque fuera por una hora? ¿Y si hicieran lo
que estuviera a su alcance y aun así recibieran un salario suficiente para
cubrir sus necesidades diarias? Hay una justicia maravillosa en ello, porque
todos necesitamos la dignidad de sentirnos miembros productivos de la sociedad
y de la comunidad... pero todos tenemos capacidades diferentes para participar.
Eso no es muy distinto de cómo funciona la Iglesia en su mejor versión. Todos
aportamos diferentes habilidades y talentos; algunos podemos hacer
contribuciones mayores y otros menores, pero todos nos acercamos a la mesa y
recibimos el mismo pan, el mismo vino y la misma sanación.
Cada mes, destinamos una pequeña parte de los bienes y del tiempo de la
iglesia a cubrir otras necesidades de la comunidad: ayuda para pagar la factura
del agua o una bolsa de alimentos acompañada de una deliciosa hogaza de pan. La
misión de nuestra iglesia es compartir el Pan de Vida —tanto el físico como el
espiritual— con quienes nos rodean; y al compartir tanto la adoración como el
alimento material, respondiendo a las necesidades del cuerpo y del espíritu,
estamos haciendo precisamente eso.
Algunos de ustedes tal vez sepan que la pastora Alene solía pasar mucho
tiempo en la cárcel. Una de las mayores alegrías de hacer voluntariado en ese
ámbito era poder proclamar a aquellos a quienes la sociedad considera
insignificantes que Dios los ama. Pero he aquí lo más curioso: cuanto más les
decía ella que Dios los amaba, más segura estaba ella de que Dios la amaba a
ella. Porque la lógica de la exclusión es siempre un arma de doble filo.
Mientras crea que Dios es misericordioso, pero solo con unos pocos elegidos,
siempre me preguntaré si realmente pertenezco a ese grupo selecto. Sin embargo,
en el momento en que confío en que Dios proveerá para mis necesidades
cotidianas —por quién es Él y no por lo que yo sea capaz de hacer o dejar de
hacer—, entonces soy libre.
¿Qué clase de Dios queremos? ¿Un dios tribal que cuida de mí y de los
míos, pero solo mientras no cometa errores, o el Dios, dueño de la viña, que
provee todo lo que necesitamos, lo merezcamos o no? Creemos en un solo Dios,
lleno de gracia y misericordia, que se deleita en darnos generosamente nuestro
pan de cada día. ¡Gracias a Dios!

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