Propio 27 A + Presencia, no la perfeccion + 11.8.26 + ACL+
Presencia, no la perfección
Propio 27 A, Mateo 25, 1 Tesalonicenses 4
San Pablo Emanuel, Santa Paula y All Santos,
Oxnard
La Revda. Alene Campbell-Langdell
Edición y traducción por la Revda. Melissa
Campbell-Langdell
Hay un anhelo de formar una comunidad que
perdura en los paisajes de hoy. Para la esperanza que va más allá de las
limitaciones de nuestro momento. Por ejemplo, los Tesalonicenses son parte de
una cultura griega. Los que estaban inmersos en la mitología greca sabían que,
en esa cultura anciana, los que murieron entraron un lugar de donde nadie
regresa. Tal vez han visto la película “The Odyssey,” o recuerden el mito de
Orfeo y Eurídice. Este mito dramatiza el dolor de la separación con nuestros
seres queridos que han fallecido. En esta historia, Orfeo va a Hades para
recoger a Eurídice. Orfeo es un musico talentoso, con un don tan fuerte que
hasta los dioses se fascinan con él. Pero ni siquiera Orfeo puede recogerla a Eurídice,
porque en un momento triste, mira para atrás y la pierda para siempre. Para los
griegos de antigüedad, no había nadie quien tenía el amor ni la confianza tan
perfecta como para regresar a través de ese rio de los muertos. Para estos
nuevos cristianos quienes se han criado con este punto de vista, la idea de que
algunos en su comunidad hayan fallecido antes del regreso de Cristo, es
devastador. ¿Están perdidos para siempre? Es una cosa creer que Cristo va a
prevenir tu muerte, pero es otra cosa por completo creer que Cristo tiene el
poder de regresar a tus seres queridos de la muerte. Que puede unir una
comunidad que está dividida por la persecución.
Se puede leer la historia de las muchas de una
manera semejante. ¿Qué pasa si tu luz se apaga antes de que regrese el novio?
Hay un tema recurrente en Mateo sobre los que llaman “Señor, señor” pero no son
de la comunidad. Para los discípulos, hay un anhelo para estar reconocido por
Cristo cuando regrese. En Mateo capítulo 7, Jesús dice: “Aquel día muchos me
dirán: ‘Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu
nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros. Pero
entonces les contestaré: “Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!” (Mt
7:22-23) Este juicio fuerte se repite casi precisamente en la parábola de hoy.
En respuesta al pleito, “Señor, señor, ábrenos,” escuchamos “Les aseguro que no
las conozco.” (Mt 25:11-12)
La respuesta de Pablo a los tesalonicenses
quienes están consumidos por el dolor de su pesar, por el pensamiento de que
sus seres queridos están atrapados en Hades, es recordarlos que Jesús regresó
de la muerte, así que él, y solo él entre todos los dioses tras la historia,
tiene el poder de cruzar ese rio y llevar sus seres queridos a casa. Para
nosotros, nuestro problema no es tanto una historia de dioses y mitos, y es más
una cuestión de estar distraídos. A diferencia a los griegos, no tenemos otra
mitología tanto como una falta de mito y misterio en un lado, o una historia
demasiado sensacionalizada que nos distraiga. Y aquí la parábola de las
muchachas nos puede ayudar.
Pero primero, quiero traducir la historia a una situación más actual:
El reino de
los cielos es como un grupo de personas que vienen a una protesta. Pero la
mitad de ellos olvidaron llevar letreros. Todos están parlando mientras esperen
para el inicio de la marcha. Al fin, los lideres anuncian que la marcha empieza
y la gente se prepara. Pero los que están sin letreros sienten avergonzados y
buscan materiales. No encuentren los materiales, así que van a la tienda para
comprarlos. Cuando regresen, ya paso la marcha y todos se han ido a casa.
Comparto la historia de Jesús así, porque es demasiado fácil leer la parábola
de hoy como un cuento de lados opuestos. Pero estas muchachas tienen mucho en
común. Están en la misma boda. Son de la misma comunidad. Y a pesar de la
advertencia de Jesús al fin de la parábola, ni una de ellas se mantiene
despierta. Si la historia literalmente se trata de mantenerse despierto, todos
fallaron. Las muchachas imprevistas no están así solo porque se durmieron. Esta
es la naturaleza humana. Es lo que hacen los discípulos en las escrituras.
Piensen en Pedro, Santiago y Juan en el jardín de Getsemaní. Lo que distingue
los dos grupos es su respuesta a la noticia de que viene el novio. Cinco de las
muchachas imprevistamente dejaron su puesto, creyendo que tenían algo más
importante que hacer que estar presente para esperar el novio. Estas muchachas
estaban tan miedosas de estar visto como imperfectas que dejaron a la
comunidad. Cuando estamos demasiados interesados en estar preparados o
perfectos, no podemos estar presentes. Y cuando no estamos presentes el uno con
el otro, estamos desconectados y sin esperanza.
La última historia de este capítulo del
Evangelio de Mateo trata sobre otros dos grupos que también se dirigen a Jesús
llamándolo «Señor», y que no comprenden por qué algunos de ellos son
considerados «cabritos» y otros, «ovejas». Mientras esperaban el regreso de
Cristo, algunos decidieron actuar movidos por el amor, negándose a permitir que
nadie quedara excluido de la comunidad a causa de la prisión, la enfermedad, o
la falta de alimento o vestido. Aquí se nos presentan dos formas de ser. Una
nos deja sin esperanza, desconectados e incapaces de ver a Cristo actuando en
medio de nosotros. No lograr ver a Cristo en «los más pequeños» puede sumirnos
en la desesperación, no solo respecto a nuestra futura comunión con nuestros
seres queridos, sino también en cuanto al futuro de nuestra comunidad. Pero la
otra forma de ser es la que trae esperanza. En toda historia de desastre, el
momento de esperanza surge siempre a través de la conexión: «La comunidad se
unió».
Un momento significativo que la pastora Alene y
yo hemos compartido en torno a esta verdad ocurrió mientras servíamos en el
ministerio penitenciario *Kairós Inside*. Mientras trabajábamos con un grupo de
personas dentro de la prisión —quienes ya habían experimentado el amor y el
gozo de Dios a través de un retiro previo y de grupos de seguimiento—,
nosotros, como equipo proveniente del exterior, pudimos llevar el amor de Dios
a un grupo nuevo. En ese instante, en medio de la pesadez espiritual propia de
la cárcel, sentimos como si el techo de aquel vasto recinto penitenciario
—donde celebrábamos una fiesta para los hijos amados de Dios— se levantará.
Por un momento, aquello se sintió como el
cielo; como un encuentro entre el cielo y la tierra. Todo se convirtió en una
posibilidad ilimitada, incluso en uno de los lugares más sombríos de la tierra.
Mirando de nuevo el pasaje de la primera carta los tesalonicenses, Jan
Patterson dice (de manera traducida):
La visión
del triunfo de Cristo que desarrolla Pablo en 1 Tes. 4:17 es uno en la que el
cielo y la tierra súbitamente y bellamente están reconciliados en un abrazo (“seremos
llevados”), que tome lugar en un espacio nuevamente abierto entre el cielo y la
tierra (“en las nubes”) y que nunca terminara (“y así estaremos con el Señor
para siempre”). La imagen une las creencias profundas de Pablo, que Dios tiene
un propósito reconciliador en Cristo.[1]
Si en la carta a los tesalonicenses o en el evangelio de San Mateo, el
cielo y la tierra están unidos cuando escuchamos el llamado de Cristo. Las
palabras de Pablo a los tesalonicenses dicen que, en fin, todos tendremos la
conexión; todos perteneceremos. El espacio de espera no significa que nunca
vendrá lo que esperemos. Manténganse presentes en la comunidad. Atentos para la
venida de Cristo. Juntos, estaremos con el Señor, para siempre.
Amen.
[1]
Lancaster Patterson, Jane. 2020. “Commentary on 1 Thessalonians 4:13-18 -
Working Preacher from Luther Seminary.” Working Preacher from Luther Seminary.
October 12, 2020. https://www.workingpreacher.org/commentaries/revised-common-lectionary/ordinary-32/commentary-on-1-thessalonians-413-18.

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