Pascua 7 A + Unidos + 5.17.26

 

M. Campbell-Langdell

All Santos, Oxnard

Séptimo domingo de Pascua (Ciclo A) — 17 de mayo de 2026

(Hechos 1:6-14; Salmo 68:1-10, 33-36; 1 Pedro 4:12-14; 5:6-11; Juan 17:1-11)

“Unidos, unidos, en Su nombre unidos
Unidos, unidos, en Su nombre unidos
Pues en este mundo, paz y amor tendremos
Pues en este mundo, paz y amor tendremos…”

Así va una canción conocida. Habla de la unidad cristiana. Pero esto no es fácil en nuestro mundo actual. ¿Verdad? ¿Lo sabemos cuando un amigo o una amiga entra en la iglesia y pregunta: ¿es una iglesia católica o cristiana? En nuestra iglesia, decimos sí. Porque somos los dos. Todos somos cristianos y el significado de la palabra “católica” es “universal.” Así que se refiere a la iglesia de todos los creyentes, no a una sola iglesia.

Con todo esto, no siempre sabemos cómo sentir esta unidad como cristianos. Pero es nuestra meta más importante.
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles de hoy vemos la Ascensión de Jesús, un evento que reconocimos este jueves pasado como iglesia. Jesús se ha ido; no está en nuestra presencia. Nos ha dado su Espíritu, del cual escucharemos más la semana que viene en Pentecostés. Pero también dice hoy en el Evangelio de San Juan que nos ha dejado aquí en este mundo. Para ser sus manos y sus pies en el mundo. Esto lo escuchamos la otra semana de las Hijas del Rey – que debemos ser las manos y los pies de Dios en el mundo (por supuesto, esto viene originalmente de Santa Teresa de Ávila).
Pero es difícil. Porque no siempre sabemos a qué club pertenecemos.

Una amiga mencionó esta semana que su padre estaba preparándose para ir a un partido de béisbol. Es fan de los Chicago Cubs y tiene toda su ropa de los Cubs. Ella dijo que nadie iba a confundirlo con un fan de otro partido. Así como Saúl la otra semana, con su chaqueta de los Red Sox. Son su equipo porque fueron el primer equipo que vio en El Salvador en un partido mundial en los años 1970. ¡Y sabemos que aquí tenemos muchos fans de los Dodgers y de otros equipos, y ni empiezo con los fans de fútbol o fútbol americano, rugby y más!

Nuestra amiga nos preguntó si, viéndonos, alguien en el mundo supiera que somos del club de los cristianos. Y me pareció una buena pregunta. Porque sí podemos llevar sudaderas con la Virgen, poner pulseras rojas de nuestra fe o llevar una cruz o una medalla. Pero lo que realmente demuestra que somos cristianos no es nada de eso. Se trata de cómo vivimos y tratamos al ser humano a nuestro alrededor.

Me pregunto si cualquier agente que entró en la casa de uno que trabaja en la defensa de los inmigrantes se identificaba como cristiano, porque debe haber partido su corazón por actuar en contra del camino de Jesús. Porque nos pertenecemos el uno al otro. Es difícil escuchar del maltrato de un vecino.

Alguien me dijo esta semana que lo que significa ser parte del club de fanáticos de Jesús (aunque no ese tipo de fanático) es que nos pertenecemos entre nosotros. Para mí, esto significa que no estemos ciegos al dolor del vecino. La lectura de la primera carta de San Pedro hoy nos habla de cómo enfrentar los sufrimientos. Pero me pueden preguntar cómo es posible lidiar con todo esto. Si dejamos entrar el dolor del mundo, podemos sentirnos completamente abrumados.
Y esto nos lleva a la aislación, que es una respuesta necesaria para protegernos, pero no ayuda a sanar al mundo. Así que dejemos entrar la experiencia de nuestro hermano o nuestra hermana, pero tratemos, en lo posible, de no dejarnos abrumar. Que recordemos hoy las palabras tiernas de Jesús, que hablan de la necesidad de proteger a los discípulos. Él dice: “Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo.” Él quiere protegernos para que estemos unidos.
Así que cuando vemos el dolor del mundo, lo pongamos en las manos de Dios. Sabiendo que Dios nos sostiene a todos y cuida de cada uno de nosotros. Que no nos dejara solos, como escuchamos la semana pasada. Y luego podemos dar un solo paso, realizar una sola acción por el bien del mundo. Para el bien de nuestra hermana o de nuestro hermano. No podemos hacerlo todo. Pero como decimos con las Hijas del Rey, podemos hacer algo. Señor, ¿qué quiere que yo haga?
Pero esto no es una buena noticia solo para quienes parecen estar en dolor visible. También es una buena noticia para nosotros. Somos un equipo con Dios. No podemos hacerlo todo, pero con la ayuda del Espíritu sí habrá un buen cambio. Tenemos fe en esto. Cuando trabajemos juntos.

Para terminar, debemos recordar que la unidad no implica uniformidad. Dios nos hizo maravillosamente diferentes. No tenemos que ser iguales ni debemos serlo. Por esto, como iglesia, nos deleitamos en la diversidad de nuestro mundo. Por esto seguimos invitando a nuestros amigos a la iglesia, tanto a quienes no necesariamente se consideren católicos o cristianos como a quienes sí tienen esta identidad. Porque nosotros somos de ambos tipos a la vez e invitamos a todos a la mesa del Señor.  

Y nos reunimos en esta mesa. En esta mesa, estamos unidos. En esta mesa, somos fuertes. En esta mesa, los poderes del mundo no tienen la última palabra, pero Dios sí. En esta mesa recordemos que tenemos un Defensor, el Espíritu, que nos acompaña en los tiempos buenos y malos. Amen.

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